Jardin de los espejos


Jardín de los espejos



Il passato e’ solo fumo
di chi non ha vissuto.
Quello che ho gia’ visto
non conta piu’ niente.

Alda Merini



I


Centaura



Aún es noche de lluvia sobre el huerto negado,
y ha sido madrugada tantas veces
y cuantas más ha copulado el sol con el olvido.

La flechadora cuenta las púas del escarnio
y azotan las tormentas en su aljaba:
qué flores aromaron vanamente y sólo las pisaste,
qué arco fue tensado con impune soberbia.

Parpadea y los rayos del confuso bagaje le rasgan la mirada:
Fue aquí, bajo este ábside de piel enfurecida
que pergeñó el apático abandono
del tiempo para andar los espejismos de su médula errante.
Ah! de tus cascos plúmbeos sobre el lodo
de cenizas y llanto, carcelera!




II


Némesis



Es tan alto el dolor como profunda la llaga en que se vuelca,
y circular su cauce arrinconado en la heredad del frío.

Hembra ambigua de inviernos y soles en el tacto
desconoce los vientos que susurran su nombre
en la enramada hostil de las agruras.

Y está viva, más viva en el ahora
que en todos milímetros de sangre caída de sus ojos,
como si los jazmines estragados clamaran por justicia
desde el redoble sordo de su pecho:
en este mismo corazón temblaba la estampida mortuoria
de los toros de mayo.

A quién ha de cobrarle herida por herida,
si es su rostro el que ríe y la provoca,
bufón multiplicado en el azófar raso de la cárcel.
Ay! Enemiga mutua,
acechando al ladrón en sus reflejos!




III


Ángel


Lo que el cielo acrisola se desnuda hasta el hueso entre las tumbas,
proscrita de los nombres, araña las corazas de su vientre
y busca en los jardines truncados las estrellas
pero encuentra pedazos
de sangre combatiente, de ala rota,
la guadaña en lugar de la amapola,
y arrodilla su alma en las cenizas:

Qué quedó del asombro arqueado entre las nubes
y los ejidos fértiles del sueño?
Humana delgadez que en finitud se quiebra,
frágil y temblorosa, como un sol dividido.

No detendrá la miel entre los labios,
ni apurará los sorbos del poseerse estática
sobre la letra insomne
que escurre a los muñones de su hálito breve:
criatura de cristal vuelto a la arena,
ominoso dictamen de la eternal caída.

Ah, Expatriada! Aterida memoria del abismo.




IV

Princesa




Sobre sus ecos danza la ensortijada fronda que aguardaba los besos.
Un ayer de manzanos y pardales ardientes
que a cien años y un hueco de nostalgia, no tornan en la risa.

Los cuervos anidaron en las manos ajadas
y torrentes azules espinaron los muros:
ama:
destruye:
anhela:
dilapida:

Despierta!

Colisiona contra su propio rostro y ultraja su diadema.

Danza, Absorta, que el tiempo es un alfanje
y mana de su lengua el cárdeno exterminio.

Gira embriagada, hasta caer rendida sobre el último velo:
susurro de los soles estragados
que aún dormitan de pie sobre la infancia.





V


Helena




La belleza es el Iris que brilla bajo el jaspe:
Un corcel de madera con los cascos flamígeros,
su jinete de asbesto combatiendo el gemir de un plenilunio,
enteramente solo en su relámpago.

Retorna Paris roto de la sima que medra la añoranza
y fulguran las voces del clamor silenciado:
Dónde tu piel, Ausente, lava en llanto las capas de pavura
y me dona el encanto, más allá del espejo en que me miro.

Verá caer sus almenadas rosas a los pies del guerrero,
perdidas las ciudades de sus muslos sellados.
Y dice Bella, aún con los fragmentos
de los días mendicantes de calor tiznando sus pupilas,
y dice Bella, para su regazo relegado de flores,
para la lengua fatua de la hoguera.

Ah Cinérea! Le guardas
un virginal arder de nieve entre tus labios.



VI


Penélope




Por qué te había de ocultar el silencio
Por qué te habían de perder mis manos y mis ojos
Por qué te habían de perder mi amor y mi amor.

Emilio Westphalen


Era surcar la muerte a ojos abiertos en una gota lenta de la noche
perpetuarle en los gritos (y callaba).

¿Cómo velar la córnea del silencio, Urdidora de aristas?
Mujer contra sí misma, ciega de tacto y deslumbrando al verso
(reverso de la piel o pétreo engaño para burlar el frío).

Pero no habría sirenas que persistan en seducirle – sueña-
si el Tritón te cantara:
Deshila la penumbra, Tejedora.




VII



Soledad





Llevo la medianoche entre los brazos.
Muerta o adormecida
Pandora niega la suelta de pirañas en mi boca,
pero conozco el arrebol sanguíneo
cuando mastico emplastos de razón y no basta
para saciar el hambre de la página en blanco.

Jazmines de latón aroman el jardín de los espejos,
espinados sinsontes crujen bajo los pies de la matrioshka
que huye de los buriles apretando su pecho contra el filo:
Aquí te llevo, me susurran sus párpados inmóviles.

Con estas mismas uñas
he librado los cuerpos alados de la piedra
con esta voz de niña canté por sus silencios,
pero el tiempo no acaba de ocurrir
siempre es noche en mis ojos
aunque cave mi carne y la atraviese.



VIII



Prisionera



Y ahora, ya sin ti, pequeña sombra,
Mujer sin loba y rotos los senderos de aire
desnudas tu tristeza de vientre despojado
y ves agonizar el postrimer ocaso sobre Ítaca.


Fue el mar, el mar el enemigo,
y no lo conocías,
isla a mitad de valle tu razón ermitaña ,
delta sanguíneo tu telar insomne.
Y ahora, concluida la madeja, sin dedos que deshilen lo callado,
cobijará a los vástagos de Circe tu esqueleto
y el amor en tus brazos
temblará de regresos adversos a su impulso.

Sí, sabes esperar, cómo lo sabes…
perpetuando el motivo de tus ojos
aunque la luz te prive de habitar el paisaje.
Entonces, por qué lloras?



IX


Nadir



No tengo rostro, vaho,
ni tú cristal en que sorber mi eclipse
si se cansan los clavos de la herida silente,
y oxidado el sollozo no tengo noche, vaho,
para pesar lo exiguo
que tembloroso niega esta luz última
donde agoniza el fiel de los reflejos.

Destellas de la esfinge la rodilla torcida,
el contrario del negro en que detengo la avidez de la zarpa
la orfandad de los marcos auríferos del tiempo
y deportas del tráfago de signos
el informe esplendor de lo velado.

Advocación del rasgo cedido del perdón al derrotado aliento,
apiádate del labio y destituye el nimbo de la bestia
para que el beso sea pretérito al desgarro.
Nadir, no tengo cuerpo
ni los dedos del barro se enlazan a mi sombra,
no poseo fulgores como rayos al dorso de mi voz
que puedas arrancar al epitafio.



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