Qué hermosura de sangre
salpicando las faldas del destino.
¿No lo crees?
Palidecer al son de las ojeras
y bailar con la furia que se enmascara en llanto
mientras el mundo calla y los gatos se aman en los techos.
Mejor sería hablar de cosas muertas.
Contarte, por ejemplo, que me han dicho preciosa
y escuché cascabeles. Miré por la ventana.
Me teñí los cabellos.
Tomé los comprimidos a la hora precisa de reír
y escribí letras, juntas.
Tibias heridas
en las que preservarse de la luz.
Qué dulces llagas florece la tristeza.
Y qué…
Si abandonar la casa del dolor sería despedirnos.
Y qué
si para siempre
clavo las uñas en los suaves retoños de futuro
y juro que fue noche
mientras entre mis manos se retuercen
las semillas del sol.